Este es el primer relato -corto- que escribo. Es bastante profundo (y me siento perrisimamente orgullosa de ello xD), se centra, básicamente, en explicar los sentimientos de una chica que se ha perdido a si misma y a la persona a la que quiere por “ser como los demás”.
Me gustan mucho esta clase de historias melancólicas, así que escribiré mas de una ^^U. Espero que os gusten.
Caminaba agazapada, con los cabellos dentro de la capucha de la sudadera para que no se le mojaran. Las gotas de lluvia translucida caían por su faz, dando excusa a los ojos lacrimosos por los que se asomaban lágrimas incoloras que amenazaban con acabar de derrocar su orgullo y compostura. ¿Quien iba a decir que la siempre alegre y habladora chica de pelo rubio blanquecino, guapa, popular y admirada tenía un secreto?
Toda su vida era un engaño, y ella, mas que nadie, era consciente de eso. Ese día cumplía la veintena. Ese día, en el que el sol no era mas que una mancha dorada en el cielo, y en el que el cielo soltaba lágrimas de dolor... nadie estaba a su lado. Hacía menos de media hora, les había sonreído a sus compañeros de la uni. Ahora, veía su imagen reflejada en un charco; -el rimel corrido, la sombra de ojos enmarcandole fantasmagoricamente los ojos verdes y chispeantes, y un mechón de pelo rubio cayéndole por encima del ojo derecho- y al hacerlo, pensaba en lo falsa, lo hipócrita, lo irracionablemente estúpida que era... y en lo mierda que era su vida.
Las botas de tacón altísimo repiquetearon contra el asfalto. Sus andares altivos llamaban la atención, era una costumbre que había adquirido con el tiempo y que ahora le era demasiado difícil de olvidar. Pero no. Ella no era así. Pero toda su vida -y su futuro-, se había centrado en ser como los otros. ¡Oh, si! Ella no quería ser una estúpida marginada... ¡valía demasiado para serlo!
Y para conseguirlo, se había follado a toda la clase, fumaba porros y solía darle a las anfetas para no dormirse en clase. No es que lo hubiera perdido todo -al menos, si lo miramos de forma superficial había ganado mucho-, lo que había perdido, y quizá algo mucho mas importante, era a si misma... y de la forma mas estúpida posible. Había traicionado a sus amigos -a los de verdad-. Tenía lo que quería -o lo que creía querer-, pero a cambio, había tenido que facturarse a si misma, desecharse. No era la misma que antes. Ya no podría volver a serlo.
Cuando sus ojos ofuscados se fijaron en el camino que estaba recorriendo, pudo saber que la dirección que había tomado no era la de vuelta a casa. La pequeña plazoleta de arena, ahora encharcada por la lluvia, las luces de la parte baja del edifico -el instituto- encendidas, y una canción nostálgica que emitía un piano medio desafinado, que se oía a través de la ventana entreabierta.
Los tacones hicieron un ruido amortiguado al pasar por el cuadrado de arena marrón. Se acerco con cautela, pero con impaciencia a la vez. Conocía esa canción. “Tristesse”, de Chopin. La había tocado alguna vez... mientras que “él” la miraba con una sonrisa tierna y una mirada cálida y radiante como el sol que entraba por la ventana. Y mientras sus dedos se deslizaban por el teclado... ella le había susurrado: “te quiero”.
-Te quiero... -sollozó-.
Pero esa vez nadie le acarició la mejilla, nadie le rogó por un beso, ni la miró como si fuera lo único, lo mas preciado y hermoso del mundo. Solo la lluvia, ella, y una canción nostálgica yacían en ese lugar, tan plagado de recuerdos que ahora eran solo un vacío y una herida mas que sanar en su corazón.
“Los recuerdos son como un sueño” -le había dicho alguien. “Aprovecha el sueño mientras dure”.
Pero ella lo estropeó, lo cubrió con mentiras y medias verdades.
...Y ahora que conocía la verdad del mundo, ya no podría ser la misma.
Pues de quien estaba enamorada... era de un mero y vano recuerdo. Algo que nunca volvería a existir. Efímero como un sueño. El día en el que cumplió los veinte años, lloró. Porque “ese recuerdo no se haría realidad”.






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