Erase una vez, en el bar de la esquina, una de aquellas chicas a las que puedes encontrar en cualquier sitio, flacucha y sin demasiadas expectativas de futuro. Ella se limitaba a trabajar para sacarse un dinerillo y ayudar a sus padres en casa. Era lo que toda buena hija se ve obligada a hacer cuando hay problemas económicos en su hogar, y ella, la chica del bar de la esquina, no era distinta.
Cada mañana me preguntaba lo mismo, mientras que yo a tientas cogía el sobrecito de azúcar y lo mezclaba con el café, del cual su fuerte olor me llegaba aún cuando ella todavía no me lo había traído a la mesa.
-¿Y hoy me ves?
-No, quizás mañana.
Siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta, y una risa musical por lo bajo que me resultaba algo intrigante. ¿Que razón de ser tiene preguntarle a un ciego si puede ver algo? Al principio, pensé que lo hacía para incomodarme, luego dejé de pensar en ello y lo tomé como parte de mi rutina diaria.
Con el tiempo, aprendí que la chica del bar de la esquina era especial. La delicadeza con la que dipositava el platito del café encima de mi mesa, sin apenas hacer ruido, el paso ligero, delicado y silencioso con el que se paseaba por allá a donde fuera, y la música que se oía a través de el auricular medio roto que se colocaba siempre en la oreja izquierda... todo formaba parte de un conjunto extraño, tan simple como complicado.
Para mi, la chica del bar de la esquina no era mas que eso. Lo único que nos conectaba era esa pregunta... y esa respuesta. Las únicas palabras que nos cruzábamos, eran esas. Simples, pero tan plenas de significado como la frase mas larga que pueda existir.
Una mañana de invierno en la que bajé al bar de la esquina, me dijeron que ella no estaba, y al siguiente tampoco.
Ella, que era una mancha de imperfección en mi perfecta rutina diaria, ahora no existía. Volvía a tenerlo todo bajo control, y podía dejar de buscarle el verdadero significado a esa pregunta. Volvería a vivir tranquilo, y aunque eso me tranquilizaba, no me hacía sentir precisamente feliz.
Pasó el tiempo, y dejé de pensar en ella, aunque no la olvidé. Sin saber el porque, no la olvidé, y con el paso de los años, empecé a verla como mi primer amor.
Un día, volví a oír el sonido del casco medio roto en cuanto la camarera se acercó a ponerme el café. La risilla musical volvió a repiquetear en mi oreja...
-¿Y hoy... me ves?
Sonreí.
-Si, hoy si.
Y sentí unos labios húmedos en mi mejilla, algo ásperos, pero no me molestó.
Lo que nos esperaba no era felicidad. Era algo áspero como los labios que acariciaron mi mejilla, tierno, algo solitario, pero no por ello menos dulce.
Quizá, algún día os siga contando nuestra historia. No es feliz, ni muy hermosa. Solo es la historia de un par de personas que estaban solas en el mundo, y que aunque no se amaban mutuamente, si que se querían.
Es el tipo de historia que puede pasar en tu calle, así que mira atentamente a tu alrededor. Quizá haya alguien que te “vea” a ti.
Ya sé que dije que hoy pondría el primer capítulo de Cazador de Almas... pero estaba muy vaga para escribirlo @_@. En lugar de esto he escrito esta pequeña historia corta. La idea era bastante buena, pero no me ha quedado como quería. Bueeeeeeeno, que se le va a hacer.
Pasaos por El eje! Ya tenemos el primer capítulo!
Muchos besos ^^.






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